Efecto placebo, algo más que medicamentos

Son las sustancias inocuas que se dan a los pacientes en los estudios médicos, sin que lo sepan, para comparar y medir los efectos de los fármacos, pero se ha descubierto que pueden tener un poder oculto y no son una mera sugestión. Tomar una pastilla de azúcar creyendo que es un analgésico hace que el cerebro produzca sustancias que ayudan a aliviar el sufrimiento físico.

Efecto placebo definicion

El placebo es definido habitualmente como una “sustancia que careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo si éste la recibe convencido de que posee realmente tal acción”.

foto mujer con pastillas
Mujer con pastillas

O sea que si una persona toma un producto que cree que le beneficiará, su propia autosugestión le hará percibir esos efectos positivos y sentirse mejor a pesar de que dicha sustancia no ejerza acción farmacológica alguna sobre su organismo.

Pero algunas investigaciones sugieren que esta autosugestión,  denominada “efecto placebo”, puede ser terapéutica.

Ingerir una pastilla inocua creyendo que calma el dolor hace que el cerebro produzca endorfinas, unas sustancias hormonales que ayudan a aliviar el sufrimiento físico. La creencia en el beneficio del fármaco puede desencadenar un mecanismo neuro-químico que finalmente consigue el estímulo doloroso disminuya.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Michigan, en EE.UU. convocó a un grupo de jóvenes para someterlos a una prueba que suele producir bastante dolor: se les inyectó una solución salina en los músculos de la mandíbula.

foto pastilla efecto placebo
pastilla efecto placebo

A algunos voluntarios se les dijo que les habían administrado un analgésico, lo cual no era cierto, pero al comunicárselo sus neuronas comenzaban a producir endorfinas: unos compuestos que bloquean los receptores nerviosos del dolor, impidiendo que las sensaciones desagradables se transmitan de una célula a otra.

ANALGÉSICOS DE LA MENTE

Los investigadores examinaron la actividad cerebral de catorce voluntarios sanos mientras se les aplicaba la dolorosa inyección. En una segunda parte del experimento, al mismo tiempo se les administró a los jóvenes una supuesta sustancia para aliviar el dolor, que en realidad era un compuesto inactivo.

Mediante escáneres, se registró la actividad cerebral de los participantes en ambos momentos, comprobando que cuando los individuos creían que estaban recibiendo un analgésico, les podían administrar una mayor cantidad de la sustancia desagradable, es decir, que su tolerancia al dolor aumentaba.

En esos instantes, los participantes mostraron un aumento de la actividad del sistema de receptores opioides llamados “mu” o “MOP”. Las endorfinas, unos opiáceos producidos por el propio organismo, se unen a estos receptores que se encuentran en la superficie de las células cerebrales y así detienen la transmisión de las señales dolorosas de una neurona a otra.

Las diferencias más pronunciadas se vieron en cuatro áreas cerebrales que intervienen en las respuestas y el procesamiento del dolor.

Para los investigadores de Michigan no es casual que los compuestos que entran inmediatamente en acción sean las endorfinas, las cuales actúan sobre los receptores del dolor al igual que la heroína, la morfina y los anestésicos en general.

Es la primera vez que se observan los circuitos neuronales involucrados en el “efecto placebo” y que se individualizan el mediador químico que interviene en este proceso.

“es otro golpe a la idea de que el efecto placebo es un fenómeno sólo psicológico y no físico. Se ha observado un puente entre el aspecto psicológico y el aspecto orgánico del fenómeno. La conexión cuerpo-mente es evidente”.


Según el doctor que esta a cargo de la investigación, el estudio

REACCIÓN A LA SUGESTIÓN

Lo expertos también descubrieron que la respuesta al suministro de un placebo varía de un individuo a otro e identificaron dos tipos de pacientes: los “poco reactivos” y los “muy reactivos”, aquellos en que la reducción del dolor superaba el 20 por ciento.

El “efecto placebo” fue presentado oficialmente hace cincuenta años, cuando en 1955 se publicó en el diario de la Asociación Médica de Estados Unidos un artículo firmado por el médico Henry Beecher, un anestesista de Boston sorprendido de que las píldoras de azúcar o los vasos de agua fresca hacían efecto en el 35 por ciento de los pacientes a los que se les suministraban en lugar de los fármacos verdaderos.

Para algunos expertos, este fenómeno implica cambios positivos reales, ya sean físicos, psicológicos o ambos, obtenidos a través de una sustancia que no tiene efecto específico o a través de una acción o actuación terapéutica determinada.

A veces la tranquilidad y confianza que transmite el médico al paciente al explicarle el por qué de sus molestias, basta para que sus síntomas mejoren, o incluso desaparezcan, sin tratamiento. En otras ocasiones, una prueba diagnóstica que le libera de sus preocupaciones al descartar una enfermedad importante, también ejerce un efecto beneficioso sobre sus síntomas.

Los placebos se utilizan sobre todo en la investigación de nuevos fármacos. Todo medicamento debe demostrar que su efecto terapéutico supera al que ejercen sobre el paciente las consultas con el médico, las exploraciones y técnicas diagnósticas que se le realizan, así como el hecho de seguir algún tratamiento. El efecto del fármaco debe ser superior al del placebo.

Algunos estudios demuestran que en situaciones como el dolor, el Parkinson o la depresión, los placebos pueden llegar a ejercer el mismo efecto sobre el organismo que los fármacos activos.

Incluso en todos los trabajos de investigación de nuevos fármacos, un porcentaje sustancial de pacientes que son tratados con un placebo mejoran significativamente de sus síntomas.

Ahora se sabe que pensar que un fármaco aliviará el dolor es suficiente para que el cerebro libere sus propios analgésicos y lo calme.

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